sábado 17 de diciembre de 2011

¡LA CABEZA!

Mi amigo y, sobre todo, maestro de vida, Andrés publica en su blog esta viñeta, que tomo de prestado y que merece un pequeño comentario.

Está de moda el profesor 2.0. A saber, aquel que hace del uso de las tecnologías el fin y sentido de la educación. Lo importante es el uso de las nuevas tecnologías a toda costa. La nueva escuela, la escuela 2.0., es la escuela tecnológica.

Negar la importancia del uso educativo de las nuevas tecnologías es algo que no pretendo ni por asomo. Ahora bien, de ahí a reducir la educación a un laboratorio de entretenimiento tecnológico hay un abismo.

Hay una serie de presupuestos contenidos en esta "nueva" forma de entender la educación que siempre me han llamado la atención. Me limitaré a tres de ellos:

1. No se oye más que la cantinela de que el alumno es incapaz de leer un texto y, mucho menos, de seguir un razonamiento ya que estamos en la cultura de la imagen, de lo inmediato. Es una nueva forma de pensar, más diversa, más amplia, más directa. Hay que buscar el impacto que motiva al alumno.

Reducir la educación a eso es confundir la motivación con el "orgasmo". El asunto educativo no se puede comprender superficialmente, a flor de piel. Mas bien es cuestión de profundidad, de entraña.
A la entraña hay que llegar a través de la piel pero no se puede reducir la realidad a la piel. Por ello es importante utilizar el lenguaje de la imagen pero como mero medio para llegar más hondo, más adentro.

2. Se piensa que "los alumnos son tontos". No se dice así, claro, pero en el fondo se considera que están en un nivel inferior, deficiente  y, lo más triste, irrecuperable. Pero, realmente, ¿lo son? ¿No será más bien que si encuentran que nadie les da algo más, se conforman con poco? (Al fin y al cabo todos tenemos esa tendencia hacia el mínimo esfuerzo). Y, ¿no será también que fruto de esta actitud permanente por parte de los educadores, contribuimos a crear lagunas que, con el paso de los años, resultan ser irreparables?

3. Desde el presupuesto anterior el profesor renuncia a serlo. De profesor se convierte en "facilitador". La clase cansa porque su misión ya no es enseñar sino entretener. Entonces se empieza a odiar la clase y se sueña con el eterno recreo. Así, se utiliza la clase 2.0 como huida convirtiendo la clase en sala de cine, sesión de internet, etc. 

¿Qué proponer frente a la Ortodoxia 2.0 -como la denomina mi amigo Fernando-?

Yo me alinearía en la Heterodoxia 2.0 con los siguientes puntos programáticos:

1. Lo importante es educar. La educación es un asunto de fines y no sólo de medios. Hay que recuperar el sentido de la pregunta por el hombre y atrevérse a responderla en grande. ¿Qué entendemos que es una Persona? ¿Qué debe ser? ¿Cuáles deben ser los grandes valores que deben regir su vida?

2. Sí a los medios. A todos. Desde la clase magistral hasta el uso de todas y cada una de las metodologías que nos ayuden a educar. Sí, por tanto, a la escuela tecnológica. Pero eso sí, los medios deben subordinarse a los fines y si no valen, reemplazarlos por otros. La razón de un medio no debe ser nunca su novedad sino su eficacia.

3. No al facilitador y sí al maestro. Debemos recuperar la figura del maestro que no es un simple facilitador, ni un buen técnico en el empleo de cualquier metodología sino mucho más. Es aquel que enamorado de aquello que tiene que enseñar y enamorado de sus alumnos intenta no solo enseñar sino vivir aquello que transmite. ¡Nos hace tanta falta volver a Sócrates!

4. Tenemos que enseñar a nuestros alumnos la pasión por la Verdad. Que no hay compartimentos estancos entre la distintas disciplinas sino que, aunque tengamos preferencias por algunas de ellas, todas -si son auténticas- nos hablan de todas. Nos hablan de Verdad y de Vida.

5. Hay que empezar desde abajo enseñando a leer. Se podrán utilizar e-books, bibliotecas virtuales, libros digitales, etc. pero habrá que enseñar a leer despacio y con profundidad. Tenemos que atrevernos a que, poco a poco, los alumnos vayan enfrentándose a lecturas cada vez más complejas que les lleven al final a leer y a disfrutar de las grandes obras literarias. No se puede hacerles leer libros basura -suponiendo de nuevo su idiocia congénita, ¿o adquirida?- y, de repente, cuando llegan al Bachillerato, lamentarse de que no son capaces de leer o, por el contrario, hacerles leer a lo bruto los clásicos consiguiendo que los odien. Hace falta ejercicio y ejercicio temprano.

6. Tenemos que enseñarles a escribir. Tienen que ser capaces de expresar  lo que necesiten en diversas situaciones y, sobre todo, lo que tienen dentro. Para ello las nuevas tecnologías pueden ser utilísimas pero hay que exigir el ejercicio constante y esforzado de la redacción y hay que recuperar el trabajo del maestro que corrija esos ejercicios y que, pacientemente, rectifique los errores. (Y no solo los ortográficos).

7. Tenemos que acostumbrarles a pensar. Les enseñamos a calcular pero no a pensar. ¿Es que las pizarras electrónicas no pueden servir para empezar a pensar? ¿Es que nuestros alumnos no pueden iniciarse, con pequeños rudimentos, en el intento de demostrar pequeños teoremas matemáticos? ¿Es que no pueden comenzar a dar razones -aunque se equivoquen- que les lleven a sostener o a rebatir ciertas posiciones? ¿No podemos recuperar el viejo arte de la dialéctica utilizando las nuevas tecnologías? Y  hay que enseñarles a analizar y sintetizar. Es decir, a hacer esquemas y resúmenes. ¿No nos hemos perdido en lo visual en vez de utilizarlo en pro del análisis serio? (Me refiero a los famososos mapas conceptuales). ¿Y dónde se ha quedado la síntesis (el resumen)?

8. Hay que crear en ellos hábito de trabajo. Aprender es gozoso pero requiere esfuerzo. El hábito de trabajo se crea desde abajo y con exigencia amorosa. Hace falta trabajo lento y, muchas veces, aparentemente árido. Así, la tierra dará su fruto.

9. No menos importante es fomentar la experiencia estética. No confundir belleza con gusto. Tenemos que posibilitar, a través de las herramientas tecnológicas a nuestro alcance, que nuestros alumnos comiencen, poco a poco, a gozar de la belleza de un poema, de una sinfonía, de un cuadro, de un animal, de una flor, de un árbol, de un paisaje, de una puesta de sol, etc. Nuestras herramientas tecnológicas pueden ser armas poderosas que nos posibiliten tener la belleza al alcance un "click".

10. Lo más importante. Hay que educar en valores auténticos, grandes, plenos, que llenen la vida y la llamen a crecer. Sólo quien tiene un modelo grande -un ideal de vida- puede vivir grande. Unos valores que nos dirijan hacia los otros y nos comprometan con ellos. Y, desde luego, las nuevas tecnologías nos pueden servir para promover aquellos valores que nos hacen soñar y aspirar a lo mejor de nosotros mismos.

Todo esto es enseñar a usar la cabeza, el sentido común. Y entonces, el notebook, el ipad, el ipod, las pizarras digitales, los e-books, las bibliotecas virtuales, los foros, twitter, facebook, etc., todo cobra sentido porque todo enseña a usar la cabeza, a crecer.

miércoles 16 de noviembre de 2011

NI ADOCTRINAMIENTO, NI INSTRUCCIÓN. SIMPLEMENTE, EDUCACIÓN.

Nuestra presidenta dio ayer una conferencia. La verdad es que no la he oído.  Sólo escuché algunas frases suyas en la televisión y, no en un canal que la quiera mal.  Lo que oí me llamó la atención. Afirmaba que el Estado tiene que asegurar que la educación sea mera instrucción y que el resto es asunto de los padres.

Afirmaciones de este tipo, miradas sin atención, tienen la capacidad de suscitar en muchos padres, y en no pocos profesores, una adhesión inmediata.

Pero vayamos despacio. Afirmaciones de este calibre parten, a mi juicio, de un error: la educación es primordialmente un asunto del Estado.

No puedo estar de acuerdo con semejante supuesto que comparten tanto aquellos que se denominan socialdemócratas o los que se autollaman liberales. Aquellos insistirán en que el Estado es el que tiene que  educar en los valores que el Estado considera -con su visión cuasidivina- como importantes para consolidar la cohesión social. Estos -los liberales- les acusaran de adoctrinamiento e inistirán en que el Estado tiene que asegurar, en aras de la libertad individual, que la educación se reduzca a mera instrucción.

Pues bien, ni lo uno ni lo otro. Ambos olvidan que la educación es un asunto exclusivo de la familia - de los padres- y que el Estado sólo tiene una función subsidiaria. Es decir, tiene el deber, la obligación, de asegurar que los padres puedan dar a sus hijos la educación que consideren mejor.

A saber, la educación ni es, ni ha sido, ni será  nunca mera instrucción. La educación siempre lo es en valores. Ya se enseñe matemáticas, física, literatura o filosofía siempre se está educando en valores. ¿Por qué? Porque el saber tiene que ver con la Verdad y la Verdad nunca es neutral. La neutralidad ideológica es un mito. Todo aquel que transmite el saber si lo hace seriamente, es debido a que previamente es un buscador incasable e insaciable de la Verdad. Y si lo hace chapuceramente, transmitirá también una serie de disvalores que se disfrazaran de valores y asumiran un falso rostro de Verdad.

Educar es ayudar a crecer y todo aquel que ayuda a crecer tiene, lo reconozca o no, una visión de qué es lo mejor para el educando. Y, ¿quién tiene una mejor visión que los propios padres? (Estoy refiriéndome a aquellos padres -me gusta pensar que la mayoría- que realmente son padres porque ejercen su paternidad y maternidad considerando que sus hijos son un "don" y no una "carga").

Por ello, la misión del Estado no es instruir. ¡No! Tampoco  adoctrinar. Lo propio del Estado es que posibilite a los padres, real y no ficiticiamente, que puedan escoger la educación que quieren para sus hijos.
Mientras esto no ocurra, y  de hecho no ocurre, nos moveremos entre los dos polos ("adoctrinamiento" o "instrucción") pero estaremos dejando de lado una auténtica educación. Nuestros hijos aprenderán mucho inglés, manejarán perfectamente las nuevas tecnologías, podrán -en un momento dado- tener un alto nivel académico pero habremos olvidado la unidad que debería haber entre familia y escuela y, en consecuencia, estaremos inculcando, como creo que lo hacemos, que la escuela debe formar únicamente "buenos ciudadanos" que mantendrán la cohesión social o "buenos profesionales" que mantengan nuestro estado de bienestar.

Pero, ¿se puede ser "buen ciudadano"  o "buen profesional" sin estar apoyado en el suelo nutricio del auténtico crecimiento que es la familia sustentada sobre los fuertes lazos del amor que une, a pesar de las dificultades?

Por ello, doña Esperanza, -y lo digo sin acritud- no se puede confundir el hecho de educar con "adoctrinar" pero tampoco con la mera "instrucción" porque educar es un asunto de familia, no de Estado.

Ni adoctrinamiento, ni instrucción, simplemente Educación.

N.B.: Quizás se me pueda tachar de idealista y de no tener los pies en la tierra. Lo que planteo no existe en nuestro país y sé que  no es la dirección por la que parece caminar nuestro sistema educativo pero sólo si mantenemos el ideal claro, podremos avanzar en ese camino. Camino difícil porque, quizás, lo primero que habría que hacer es utilizar el sentido común y rehabilitar el auténtico sentido de la familia como lugar del amor y del crecimiento. (Lugar de la educación).

jueves 3 de noviembre de 2011

EL CORCHO

(Mi buen amigo Juan Antonio me envía esto que me parece interesante y que me invita a agrandar el "alma de maestro". Simplemente lo dejo ahí para que lo leáis. Prometo dedicarle un comentario en breve).

Un supervisor de Educación llega a una Escuela y en su recorrido observó algo que le llamó la atención: una maestra estaba atrincherada atrás de su escritorio,los alumnos hacían un gran desorden; el cuadro era caótico.
Decidió presentarse:

- "Permiso, soy el Supervisor... ¿Algún problema?"

- "Estoy abrumada señor, no sé qué hacer con estos chicos...

No tengo láminas, no tengo libros, el ministerio no me manda material didáctico, no tengo recursos electrónicos, no tengo nada nuevo que mostrarles ni qué decirles..."

El inspector que era un "Docente de Alma", vio un corcho en el desordenado escritorio, lo tomó y con aplomo se dirigió a los chicos:

- ¿Qué es esto?

- “Un corcho señor "....gritaron los alumnos sorprendidos.

- "Bien, ¿De dónde sale el corcho?".

- "De la botella señor. Lo coloca una máquina...", "del alcornoque... de un árbol"... "de la madera...", respondían animosos los niños.

- "¿Y qué se puede hacer con madera?", continuaba entusiasta el docente.

- "Sillas...", "una mesa...", "¡un barco! ". Bien, tenemos un barco.

- ¿Quién lo dibuja? ¿Quién hace un mapa en el pizarrón y coloca el puerto más cercano para nuestro barquito? Escriban a qué provincia pertenece.

¿Y cuál es el otro puerto más cercano?

¿A qué país corresponde? ¿Qué poeta conocen que nació allí?

¿Qué produce esta región?

¿Alguien recuerda una canción de este lugar?

Y comenzó una tarea de geografía, de historia, de música, economía, literatura, religión, etc.

La maestra quedó impresionada. Al terminar la clase le dijo conmovida:

- "Señor nunca olvidaré lo que me enseñó hoy. Muchas Gracias."

Pasó el tiempo. El inspector volvió a la escuela y buscó a la maestra. Estaba acurrucada atrás de su escritorio, los alumnos otra vez en total desorden...

- "Señorita... ¿Qué pasó? ¿No se acuerda de mí?

- Sí, señor, ¿cómo olvidarme? ¡Qué suerte que regresó.!No encuentro el corcho. ¿Dónde lo dejó?".

Cuando el maestro no tiene vocación o alma de maestro, ¡nunca encuentra el corcho!





martes 4 de octubre de 2011

"SALVEMOS LA ESCUELA" (Un cabreo con "altura de miras")

Había pensado rotular lo escrito de la siguiente manera: "¡Profundamente cabreado!". Pero me he acordado de Ortega que insistía en que los españoles pensamos con las vísceras y que más bien nos vendría pensar con la razón.

Mi cabreo permanece pero prefiero pasarlo a segundo plano y reflexionar brevemente sobre una de las niñas de mis ojos: la educación.

La situación en Madrid está calentita como este otoño inusualmente cálido que nos acompaña. Y los profesores andamos al alimón y no por el tiempo que nos acompaña.

Desde luego la Consejería de Educación ha metido la pata y lo ha hecho hasta el fondo. Lo primero es que no se pueden hacer las cosas de esas maneras. Hay asuntos que conviene hablarlos, y despacio, conociendo la situación  real de los centros educativos y cómo quedarían estos después de las medidas propuestas.

Pero, sobre todo,  no se debe ningunear a los maltrechos profesores. A los profesores hay que mimarlos porque son los pilares de la transmisión del saber y los que forman a las futuras generaciones. Unos políticos y una sociedad que no confían en sus profesores y, consecuentemente,  no los miman contribuyen a crear una sociedad sin futuro contribuyendo así a su suicidio colectivo.

Es verdad que se ha pedido perdón pero el daño ya está hecho... "Los profesores nos quejamos por trabajar más, somos unos privilegiados.... " (En el fondo, aunque no se diga, "unos vagos"). Costará mucho reparar el daño hecho y no vale con unas contradeclaraciones -que ya se han hecho y varias veces- si no con hechos.

Mi cabreo no se queda ahí. No me sorprende el intento de que cada uno de los contrincantes políticos intente arrimar el ascua a su sardina. Para unos el tema está politizado y el partido en el Gobierno está detrás de ello... Para los otros, de repente, los profesores son unos "esforzados" cuyo trabajo no se reconoce. Y, para colmo, lo último es oír al candidato Rubalcaba alabando la "excelencia" educativa cuando ha sido miembro del gobierno que introdujo la LOE, que entre los miembros del gremio preferimos llamar "RELOGSE" con su rollo sobre la "equidad", más bien traducido por "café para todos". (Para que lo comprendan los que no son del gremio: "Contra la excelencia en Educación").

Hete aquí que mi cabreo no se aquieta. Y no lo hace por la falta de óptica de algunos de mis compañeros que, con mucha razón y muy buena voluntad, no se dan cuenta de que hay que tener altura de miras. El grito no puede ser "¡Salvemos la Escuela Pública!  sino "¡Salvemos la Escuela!".

No se puede mirar de tejas para abajo. El problema no reside en la Enseñanza Concertada ni tampoco en las desgravaciones a las que se acogen los padres que llevan a sus hijos a la Enseñanza Privada. ¡No! Eso ya es entrar en el juego político en el que tanto unos como otros quieren que entremos...

El problema es que hemos reducido el discurso educativo a un discurso "económico". Los resultados de los últimos informes PISA, el estruendoso fracaso escolar y el descontento de los profesores con un sistema que es carísimo y no funciona había llegado a los padres y comenzaba a reclamarse socialmente la necesidad de tener un sistema educativo que se pusiera al menos a la altura de otros países y que, según los idealistas -entre los que me encuentro- fomentara la excelencia (que cada uno pueda sacar lo mejor de sí mismo) no el elitismo y que considerara el esfuerzo en clave de excelencia porque si no, el esfuerzo por el esfuerzo no sirve para nada.

Socialmente empezaba a oírse la necesidad de un cambio de valores. Y eso, a mi juicio, es lo que demuestra que una sociedad está viva y que reconociendo sus errores aprende de ellos y aspira a mejorar...

Pero, de repente, la educación es un asunto económico y sólo económico. Es evidente que la educación tiene que ver con la crisis. Unos hombres y mujeres que no estén bien formados y que no aspiren a la excelencia personal y no valoren el esfuerzo como medio para llegar a esa excelencia serán hombres y mujeres en crisis permanente. Ya lo decía el nada sospechoso Nietzsche: "Quién no tiene un por qué, no tiene un cómo". Y mujeres y hombres así harán que todo todo lo que toquen caiga en crisis. Así Midas será sustituido por "Crisis". Crisis que se convertirá en permanente: crisis social, crisis política, crisis económica pero sobre todo crisis de identidad, crisis personal.

Es por todo ello mi inmenso cabreo. Pero la inmensidad de mi cabreo mide la intensidad de mi esperanza. Si estoy cabreado es porque espero y espero que todos, empezando por mis compañeros, hombres y mujeres de vocación -porque el que no tiene vocación termina huyendo de la educación-, nuestros alumnos y sobre todo los padres tengamos altura de miras y nos dejemos de discursos vacuos que buscan la confrontación. Necesitamos aunar esfuerzos y trabajar en la buena dirección. No podemos permitir que se pierdan más generaciones porque cada generación está compuesta por rostros concretos con nombre y apellidos.

Cabreo teñido de esperanza que se concreta en mi particular grito, un grito con altura de miras: "Salvemos la Escuela".



jueves 30 de junio de 2011

EL "MITO" DE LA NEUTRALIDAD IDEOLÓGICA

Hoy hemos tenido el último claustro del curso. Ambiente vacacional.

A pesar de ello, el claustro ha sido largo. Había muchos asuntos que merecían ser tratados...

Pero llegó, como suele ocurrir en verano, la "serpiente de verano". (Y quizás aquí lo de serpiente tenga mucho de símbolo).

Reapareció el "mito". En este caso el "mito de la  neutralidad ideológica". Se asomó con ganas de "aguar" el comienzo de las vacaciones.

Asunto: "El Papa viene a vernos". ¿Y qué pasa con que el Papa venga a España? ¿Qué tiene que ver con nuestro instituto?

Se nos explica: Según un acuerdo establecido entre el Gobierno Español y la Conferencia Espiscopal Española y mediado por las Comunidades Autónomas (entre ellas la nuestra) se ceden algunos edificios públicos, entre ellos el gimnasio de nuestro instituto, para acoger a los jóvenes cristianos que vienen a ver al Papa.

Hasta ahí todo "correcto" (salvo, quizás, algunas alusiones en un cierto "tonillo" que quizás podrían haberse evitado). Pero llegó la hora de que nuestro "mito" asome.

Algún miembro del claustro mantiene su oposición ya que dejar el gimnasio a los jóvenes cristianos supone romper la neutralidad ideológica que es propio de lo público: "Lo público debe ser ideológicamente neutral".

Ya tenemos frente a nosotros al "mito". Parémonos ante él y veamos su profundidad.

Fijémonos en el enunciado: "Lo público debe ser ideológicamente neutral". Es curioso, es un juicio de valor. Nos habla de lo debido, de lo que debe ser. Supone, por tanto, admitir la neutralidad ideológica como valor. Pero, si la neutralidad ideológica es un valor, entonces, ya no es neutral ya que los valores nos hablan de lo que debe ser. Es decir, de aquello que no siendo real, debe serlo porque enriquece la realidad.

Estamos, por tanto, ante una contradicción. Afirmar que "lo público debe ser ídeológicamente neutral" es afirmar que "lo público no debe ser ideológicamente neutral". Estamos ante la cuadratura del círculo. Es decir, ante un eunciado contradictorio, un absurdo lógico.

Seguro que se me podrá argüir que estoy liando al personal y haciendo juegos de palabras. No es cierto. Lo cierto, sin embargo, es que dicho juicio no admite el más elemental análisis lógico.

Aquí podríamos parar. Pero seguro que mi intelocutor me acusaría de sofistería si lo hiciera. Concedámosle desde el más profundo respeto socrático avanzar por otra vía.

¿Existe la neutralidad ideológica?

Intentemos responder a esta pregunta.

El hombre en un ser de "opciones" o, como decía Sartre, "está condenado a ser libre". ¿Qué tiene que ver esto con nuestro asunto?

El hombre elige y elige conforme a lo que cree "mejor" o "preferible". Así yo elijo comer ciertas cosas y evitar otras porque considero que unas son "saludables" y otras no. A veces elijo las "no saludables" porque, en ciertos casos estimo que es preferible "lo placentero" o "lo socialmente aceptable". Voy a comprar a un supermercado y no a otro porque busco o lo "más económico" o "una mejor calidad" o, si es posible,  ambas cosas. En otro orden de cosas, considero que hay momentos en los que debe primar la "utilidad" y otros, como es el caso de la amistad auténtica, en que lo que prima es el "desinterés" o, dicho de otro modo, la "inutilidad". Llega un momento en el que estimo que es mejor casarse que no casarse o viceversa. Lo mismo pasa con los hijos. Me planteo que es mejor tenerlos o no tenerlos.(Incluso estimo como valioso el número de hijos que desearía tener. Y ello le lleva a mucha gente a actuar de maneras diversas). Si los tengo, tengo claro cuales son los valores que deben primar en su educación. Desde si deben tener PSP o no hasta qué entiendo por ser buena persona...

Podría seguir. Pero creo que los ejemplos aducidos nos muestran que nada en la vida, al menos nada de aquello que consideramos importante y, por tanto, lo más propio de la vida personal está carente de valor.
Es decir, no hay nada de lo auténticamente importante que sea "neutralmente ideológico".

Ahora bien, entiéndaseme bien, ello no quiere decir que todo sea "relativo". No. Si enfocamos bien el asunto nos damos cuenta de que en todo lo humano buscamos lo "auténticamente humano". Buscamos, tomamos postura y realizamos actos tendentes a introducir en el mundo eso que consideramos "mejor" de forma absolutamente objetiva.

Por tanto, ¿no sería mejor aceptar lo que somos y lo que buscamos? ¿No sería mejor que pudiéramos dialogar serena y racionalmente sobre los diversos "motivos" -valores- que guían nuestras acciones? ¿Por qué? Porque quizás así podríamos llegar a darnos cuenta de que buscamos lo que realmente vale y que no podemos conformarnos con sucedáneos.

La neutralidad ideológica, en consecuencia, no existe. Es un "mito" -de los malos-. Pero, y he aquí otra cuestión- ¿por qué funciona?

Sólo tengo una respuesta. Funciona porque se ha instalado la cultura de la sospecha. Asumimos, de forma inconsciente la mayor parte de las veces, que el otro es un potencial enemigo. El "infierno son los otros"- decía el ya citado Sartre.

¿Y eso hace justicia al ser humano? Creo que no. Si miramos hacia dentro, todos sabemos que no.

Todos sabemos que sólo se puede aspirar a un mundo auténticamente humano desde la colaboración el otro, desde su reconocimiento como otro. Por eso decía Levinas, compleja y sabiamente: “La relación con el rostro es inmediatamente ética. El rostro es aquello que no se puede matar: aquello cuyo sentido consiste en decir ‘No me matarás' ".

El reconocimiento absoluto del otro es el reconocimiento de su dignidad propia, de su ser único, irrepetible e insustituible lo que supone aventurarse junto con él en la aventura del descubrimiento de lo auténticamente valioso, de lo importante, de lo que no es neutral porque la Persona, toda Persona, tiene un rostro concreto, no neutro.

Si esto es así, y creo que se puede ver con claridad, el mito de la neutralidad ideológica es más que una serpiente de verano. Es una auténtica serpiente que introduce un mal en el mundo, el desprecio -aunque muchas veces no sea consciente- a la dignidad de las personas. (Dejamos para otra ocasión el asunto de la neutralidad ideológica de lo público).

En conclusión. Hay mitos y "mitos". Los primeros son aquellos que, como los valores, nos presentan una realidad misteriosa que nos inunda y que impele a nuestra razón y a todo nuestro ser en su búsqueda. Y "mitos" que son vanas supersticiones porque, aunque se nos presenten como convincentes, en el fondo están intentando oscurecer nuestra razón. Así pues, fuera "mitos" y la "neutralidad ideológica", mal que nos pese, es una vana superstición.

Pero no imitemos a Hume sino a Sócrates. No hagamos hogueras, como decía Hume, en las que quemar todo aquello que consideremos "mito". No. Usemos nuestra razón y, sobre todo, seamos capaces de tener la valentía socrática de animar al de al lado a buscar lo que realmente importa.

¿Y qué importa?

 Aquello que jamás podrá ser ideológicamente neutral: ¡Tú!


martes 14 de junio de 2011

LA "CAJITA"

Para vosotros, mis alumnos y alumnas de 1º de Bachillerato, a los que he tenido el privilegio y el honor de poder haberos  invitado a pensar para buscar la verdad.



Nuestro curso llega a su fin. Y el final es el tiempo de las conclusiones. Y concluir no resulta fácil. Hay que sintetizar lo dicho pero, y eso es lo más difícil, hay que intentar sintetizar lo no dicho. Y lo no dicho ha sido tanto… Ha pasado el curso tan rápido que hay cosas que no os he podido decir y me hubiera gustado tanto que las hubierais escuchado…

Lo que os quiero decir es esto:


Si quieres saber qué es, mira dentro. ¿Por qué mirar dentro? Porque si algo nos ha enseñado la Filosofía es que no hay que quedarse en la superficialidad. Hay que ir “a las cosas mismas”, a lo esencial porque “lo esencial es invisible a los ojos”.

¿Qué es la “cajita”? La “cajita” no es una cosa. No es algo sino alguien. La cajita eres “tú”.

Por eso la pregunta debería ser más bien otra: ¿Quién es la “cajita”?

Esa es la pregunta fundamental de la filosofía y de todo hombre y mujer: “¿Quién es la Persona?”.

Esa pregunta, fijaos bien, es peculiar y hay que entenderla bien. Es una pregunta que no es, en modo alguno, abstracta. Antes bien, es concreta, concretísima. La persona es un “yo” y un “tú” destinados a engendrar un “nosotros”. Y todo “yo”, “tú” y “nosotros” tiene rostro concreto, nombre y apellidos.

Por tanto, toda persona, desde que es zigoto –y aunque no puedo mostrarlo aquí se puede ver que todo zigoto ya es un ser humano y, por tanto, personal- y hasta que muere -si no más allá todavía- es la cumbre de lo real. Lo real son las cosas del mundo, sí por supuesto, pero no son lo más auténticamente real. Lo auténticamente real, lo plenamente real somos tú y yo. Somos nosotros.

Es por ello que es tarea de todos el comprender lo que somos. “Conócete a ti mismo” –decía el oráculo de Delfos. Esa es la tarea fundamental aunque con un matiz. El matiz es que hay que mirar dentro y sólo se puede mirar dentro a través de los ojos de otro. ¿De quién? De aquel al que amamos.

La Persona tiene que mirar dentro y mirar dentro es mirar más allá de sí. Es trascenderse, dirigirse hacia el otro. Y quién descubre que hay un rostro, que no es el propio, al que amar y se empeña en ello, aunque sea muy imperfectamente, ese es el único que tiene acceso a su propio rostro.

¿Paradójico? Efectivamente, la Persona es paradójica pero en esa paradoja, en ese juego –que lo es de amor- es donde se encuentra su fundamento último, su razón de ser.

Dejaos, por tanto, de mirar sólo a lo externo. Las cosas -lo que se ve, se toca, se mide y se pesa- no son lo auténticamente real. Esa es la gran mentira en la que vivimos -lo que Michel Henry ha llamado la “reducción galileana”-. Si quieres comprender lo externo, tienes que comprender lo auténticamente real. Y lo auténticamente real es la Persona, toda persona sin excepciones ni exclusiones.

Pero comprender la Persona supone huir tanto del “individualismo” como del “colectivismo”. Ni individualismo, ni colectivismo.

El individualismo, mal menor –pero mal-, nos hace centrarnos en nuestro “yo” entendido como un átomo absolutamente libre (“autónomo”- dicen) que sólo se preocupa de sí mismo: “Primero ‘yo’, segundo ‘yo’ y tercero también ’yo’. Este individualismo que es un mal menor porque al menos reconoce el ‘yo’ pero que, como todo mal, debe ser superado tiene consecuencias trágicas. Se reviste de ‘tolerancia’ pero en su sentido etimológico (“tollere” –soportar-) y, en consecuencia, se instala en la cultura de la sospecha. Cualquiera es un potencial enemigo que puede frustrar mis planes. He aquí que huye de toda cercanía, de todo lazo, de todo compromiso. Todo, absolutamente todo, es medido por el criterio de la “utilidad”. Si no me sirve, lo desprecio, lo ignoro y llego a negar hasta su existencia. Si la realidad no es como yo quiero o no es realidad o peor para la realidad. ¿Consecuencia? Superficialidad, soledad y vacío, vacío, vacío…

Es el cordero enfermo del que hablaba El Principito:



El colectivismo dice haber superado el “yo”. El “yo” no existe porque es esencialmente “egoísta”. Lo que existe es la sociedad. Esa sociedad de la que los individuos somos meras piezas que contribuimos a su progreso. Así, se habla de igualdad social –que no de igualdad personal- donde lo único que importa es el cuerpo social. La igualdad social es entendida por tanto como equidad (es decir, en tanto que somos piezas del sistema social somos todos “piezas” iguales que tenemos que ocupar nuestro lugar y funcionar bien pero, eso sí, si no funcionamos bien, somos reemplazables). La virtud máxima es la “solidaridad”. Pero hete aquí que el lenguaje es engañoso. ¿Qué es solidaridad? No más que cohesión. Luchar por un mundo mejor se restringe a luchar por que haya una sociedad cohesionada. Llegamos así a un antihumanismo aún más radical que el anterior, porque se reviste de lo que no es. Lo expreso con un ejemplo: Si debo ser “solidario” no es porque el otro me importe sino porque, en caso de no serlo, la sociedad no funcionará bien, no estará “cohesionada”. ¿Consecuencia? Al final, el corazón de la persona se siente defraudado, engañado y si no sabe ver más allá, termina siendo un desencantado que pasa a engrosar las filas del individualismo y, generalmente, se alinea en el más extremo de los individualismos…

Tenemos aquí el carnero:


Más allá de individualismo y colectivismo está el personalismo. A saber, la apuesta por la Persona. Apuesta arriesgada y difícil, muy difícil. Pero la única que reconoce la auténtica realidad, la de la Persona.

He aquí, como os decía más arriba, que hablar de Persona es hacerlo de un “yo” y de un “tú” que descubriéndose uno al otro mediante el compromiso del amor constituyen un “nosotros”. Un “nosotros” donde el “yo” es más “yo” y el “tú” más “tú” porque lo que a cada uno de importa, ante todo no es sí mismo sino el otro.

Este descubrimiento, como toda auténtica filosofía, es eminentemente práctico porque descubrir quién soy me pide vivir conforme a la exigencia propia de mi ser.

Así se ilumina todo lo real, las cosas son cosas y las personas son personas pero lo más importante son las personas, todas y cada una de ellas sin exclusión posible.

Eso es lo que he querido enseñaros y la tarea que os dejo para el resto de vuestras vidas porque esta es la auténtica tarea que tiene ante sí todo hombre, aunque no quiera reconocerlo.

Reconocedlo pues y manos a la obra. Contad conmigo para lo que queráis.

Aquí tenéis de nuevo la cajita, ¡miradla! ¿No cobra ahora un sentido nuevo? ¡Miradla con frecuencia! Ya os vaya bien u os vaya mal. ¡Mirad dentro! Y allí descubriréis un secreto, vuestro secreto, nuestro secreto porque “lo esencial es invisible a los ojos”.

jueves 26 de mayo de 2011

DUC IN ALTUM! (El grito de un nuevo movimiento, el del 27 M)

Para todos y cada uno de vosotros en el día de vuestra graduación

¡Estoy harto del Carpe Diem!

Vivimos en el mundo del Carpe Diem. Todo tiene que ser deprisa, aquí y ahora y todo tiene que ser divertido. Si no es divertido, no es bueno.

Ese es el drama del maldito Carpe Diem.

Hace un rato conversaba con mi hijo Daniel que es un músico genial, que tiene talento el chico, ¡vaya! (No se me nota que soy su padre, ¿verdad?). Me decía que no quiere ir a clase de guitarra en el cole. ¿Por qué? Porque se aburre. Y, ¿por qué se aburre? Porque tocar un instrumento es un ejercicio repetitivo, costoso, monótono, ritual, rutinario... A saber, que no es divertido.

¿Qué le respondía yo?

Que el amor no es divertido y que si yo le quisiera porque me resultara divertido, entonces, ya habría dejado de quererle hace mucho tiempo...

Sí, efectivamente, el amor no es divertido. No es divertido tener que levantarse por la mañana y tener siempre la misma rutina. No es divertido preocuparse por qué hay que comer o por si falta esto o lo otro. No es divertido preocuparse por las trastadas de Daniel, los despistes de Fernando o las alergias de María (Mis hijos) y no saber como decir te quiero, con lo hechos, a Susi ("mi dulce y querida guía"-como diría el genial Dante-).
Sí, el amor no es divertido y por eso es amor. El amor es ocuparse, preocuparse, dar la vida por aquellos que amas y todo ello no es divertido; ... es ¡gozoso! Pero con el gozo que inunda, que hace crecer y que te hace vivir de fe, de la fe de apostar por aquellos que te preocupan, por aquellos que quieres...

Sí, el amor tiene el gozo. Ese gozo que te llama a crecer, a sacar lo mejor de tí mismo, aunque muchas veces muestres lo peor. Que te lleva a lo profundo de tí y te hace ver lo pequeño que eres y la tarea tan enorme que tienes por delante. El amor te rompe, te hace salir de tu castillo, de tu cerrado centro, y te lleva hacia los que quieres y por eso tu castillo se convierte en "hogar", auténtico centro abierto. En ese hogar que, a pesar de que es muy pequeñito y está lleno de imperfecciones, es el que da el auténtico fuego, el del amor.

Un fuego cotidiano, sencillo, austero que no es pasional porque no es fuego de un día sino fuego de todos los días. Un fuego que quema por dentro y te lleva a empeñarte más y más por aquellos que quieres. Lo suyo no es sentir, es gozar...

Y lo suyo es llamarte a dar lo mejor de tí mismo. Su grito no es "Carpe diem! " sino "Duc in altum!": ¡Aspira a lo bueno, a lo mejor! ¡Sé quien tienes que ser! Mira a las estrellas y sueña pero, ante todo, comprometete, da la vida porque la vida solo tiene un sentido, darla por amor, si no, se te pudre entre las manos.

Duc in altum! Eso es lo que he querido transmitiros y dejaros a través de mis clases. Esa es mi apuesta. Sólo quien entiende que el sentido de la vida está en el amor  y que el amor tiene nombre de Persona y que ese nombre brilla en el gozoso "aburrimiento", ese es el que tiene el secreto de la vida, ese es el que comprende algo del misterio del hombre. Y ese es el que empieza a presentir que la vida es algo maravilloso que sólo puede habernos regalado Alguien, con mayúsculas, que nos debe amar infinitamente.

Este es mi regalo en este vuestro día grande.  Empeñaos en amar con todas vuestras fuerzas. ¡Indignaos! Pero que vuestra indignación dé lugar a un nuevo movimiento, el del 27 M, el del AMOR y que acampéis en él para siempre.

Este es nuestro grito, contádselo a todos: Duc in altum!




martes 17 de mayo de 2011

SÓCRATES, MODELO DE CIUDADANÍA

Mi buen amigo del alma, compañero y hermano Andrés acaba de animarse a sacar su blog. Te lo recomiendo encarecidamente: La mirada abierta al ser.


Ahora que estamos en tiempos de elecciones me atrevo a publicar aquí la última entrada que ha añadido. Merece la pena leerla y aprender. Si después de leerla no te suscribes a su blog, ¡no sabes lo que te pierdes, compañero!






Dos modos de entender la ciudadanía: los sofistas y Sócrates




Hoy la convivencia recuerda mucho en algunos países de Occidente, aunque suene algo exagerado, a lo que ocurrió nada menos que 2.500 años en la ciudad de Atenas. Me refiero al enfrentamiento entre dos concepciones de la vida cívica, que son en realidad dos modos de entender al ser humano.

Una, basada en la lucha por el poder político y económico como llave para decidir los destinos de todos y como forma de obtener el é xito individual. Es la que encarnaban en la antigua Grecia ciertos famosos personajes a los que se conoce con el nombre de sofistas.

La otra, orientada a conseguir el bien común, como fruto de la orientación al bien por parte de todos y cada uno de los ciudadanos, por encima de intereses particulares y ateniéndose a las exigencias de la justicia. Es la que representa el maestro fundador del pensamiento occidental, Sócrates.

Asombra comprobar que la descripción de ambas concepciones nos permite entender algunas de las claves de nuestro tiempo.

Los sofistas: El poder es la medida de las cosas.

La prosperidad comercial y la paz social que siguieron a la victoria sobre los persas (479 a. JC.), hicieron de Atenas, la polis (ciudad) más poderosa del momento, un hervidero de gentes, un paraíso de las artes y una acumulación de riquezas económicas. Pericles instauró la democracia como forma de gobierno, lo que facilitaba a todos los ciudadanos el intervenir en las deliberaciones pública y restaba influjo a los nobles. Éstos, dispuestos a triunfar en las discusiones y parlamentos, decidieron invertir en la educación de sus hijos para que éstos vinieran otra vez a ejercer el protagonismo político. ¿Pero quién podía formar a los jóvenes para hacerse con el éxito?

Los sofistas eran los educadores de la juventud aristocrática ateniense. Una época como aquélla, en la que el éxito político de los ciudadanos, en especial de los más adinerados, era la preocupación fundamental, favoreció la llegada y el rápido auge de maestros de elocuencia, expertos en el arte de convencer por medio de la palabra y el discurso, llamados a formar a los dirigentes de la vida pública. El historiador Werner Jaeger señala a los sofistas como los auténticos representantes del espíritu de aquel tiempo, “de una época que tiende en su totalidad al individualismo.”[1] ¿Quiénes eran los sofistas?

La enseñanza de los sofistas, reflejo fiel de la mentalidad dominante en este momento, da más importancia al interés y a la búsqueda del éxito social que a la preocupación por averiguar qué es bueno, verdadero y justo. La utilidad y la eficacia importan tanto que la virtud se reduce a la habilidad o destreza en el manejo de las técnicas que conducen al poder y a la riqueza. Virtuoso significará hábil. Y virtud cívica (politikè areté) se entenderá como sinónimo estricto de habilidad política.

La educación que imparten los sofistas apunta al cultivo de la pericia para desenvolverse ante un auditorio de acuerdo con lo que se espera o se desea conseguir de él. El escepticismo intelectual que profesan con más o menos variantes pone de manifiesto que no hay criterios objetivos en la naturaleza de las cosas (‘physis’) que puedan servir de indicación o pauta para la conducta de los hombres. No puede reconocerse en ese ámbito una norma trascendente o superior para la valoración de las acciones humanas: Nada es bueno ni malo de suyo. Como afirma Protágoras, “las cosas son según le parece a cada cual”. Se entroniza así el relativismo ético. Con él, la ley del más fuerte, del más sagaz e influyente, del más ágil, de los más numerosos, amenaza con convertirse en norma.

Por la misma razón tampoco existe un fundamento que justifique la existencia y el contenido de las leyes más allá o por encima de los acuerdos o pactos humanos. No es posible remontarse a una norma de justicia o legitimidad que trascienda lo legal establecido.

Ahora bien, frente a esta carencia de fundamentos objetivos para el saber, para la moral y para la vida social, se alza eficaz y magnífica la palabra. “Con la palabra, proclama Gorgias de Leontino, se fundan las ciudades, se construyen los puertos, se impera al ejército y se gobierna al Estado.”

“En cuanto a los dioses, dirá Protágoras nuevamente, no alcanzo a saber si existen o no. Numerosos son los obstáculos que impiden saberlo, tanto el carácter no manifiesto de la cuestión como la vida breve del hombre.”[2] A este respecto, Critias no duda en pronunciarse acerca del posible valor –valor de utilidad- de la existencia de los dioses con palabras que hubieran despertado la admiración de Voltaire o Diderot: “Hubo un tiempo, relata el sofista ateniense, en que la vida de los hombres era desordenada y salvaje, esclava de la fuerza, ya que no había ninguna recompensa para los buenos y ningún castigo para los malos. Y me parece, prosigue, que por ello los hombres establecieron leyes punitivas, a fin de que la justicia fuese soberana de todos por igual, y se dominase la fuerza... Y como las leyes impedían hacer en público actos de violencia pero se hacían a escondidas, entonces, según parece, un hombre prudente y sabio inventó para los humanos el temor a los dioses.”[3]

En cuanto al ser humano, la sentencia de Protágoras parece dejarse escuchar aún entre los foros y areópagos de todos los tiempos y latitudes: “El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son, y de las que no son en cuanto que no son.”[4] Cada individuo, por consiguiente, determina el valor y la consistencia que las cosas o las acciones han de tener, en función del modo en que afectan a su vida.

Pero la radical pregunta que tantas veces le atajó el paso en su camino disolvente: “¿Y quién es la medida del hombre?”, apenas logró enmudecerla por un momento.[5] Porque Gorgias, aún más consecuente, viene a argumentar: -¿Y qué más da?... Aunque nada existiera con certeza, aun cuando nada explique que podamos conocer y comunicarnos[6], “la palabra es una gran dominadora, puesto que con un cuerpo imperceptible realiza obras verdaderamente divinas”[7], y esa palabra está a disposición del hombre capaz de hacer uso de ella.

En suma, puede concluirse que para Gorgias, aunque no conocemos nada más que apariencias, la retórica es el arte de descubrir y utilizar aquéllas que pueden sernos útiles en cada caso particular. En palabras de Jaeger, Gorgias “considera como prueba de la grandeza de su arte del hecho de elevar la fuerza de simple palabra a instancia decisiva en el más importante de todos los campos de la vida, en el de la política.”[8] La retórica es el instrumento idóneo para hacerse con el poder, para mantenerlo y acrecentarlo.

La concepción sofística del hombre es la de un “ciudadano del mundo” (kosmopolités) que, desarraigado del entorno nutricio de su ciudad, se emancipa por su destreza y habilidad, por su sagacidad y por el grado de poder al que consigue encaramarse, de toda índole de leyes naturales, dioses, principios especulativos y costumbres ciudadanas. Dominador y autor de leyes (convenciones) y pactos, aparece como creador de valores, al ser medida de lo que es y de lo que no es por su voluntad y su elocuencia.

Llamado de este modo a dominar sobre sus semejantes, se apoya en la retórica para lograr el poder político; aparece así como un ser independiente, autosuficiente en la medida en que logra el poder, pero inerme y sin respaldo alguno cuando se ve a merced de más sagaces adversarios.

Estamos ante una visión antropocéntrica de la realidad, ya que nada en la naturaleza es ajeno o superior a los intereses del hombre, o al menos nada de lo ajeno a dichos intereses merece ser tenido en cuenta en el ámbito natural o en cualquier otro. Ni el ser en su globalidad ni el hombre mismo en cuanto tal –¿quién es el medidor del hombre?- tienen consistencia ontológica. Todo -lo natural, lo social, lo humano- se subordina al arbitrio de quienes de hecho están en condiciones de decidir sobre su valor en la práctica. Las cosas “son”, resultan ser o se valoran tal y como decida quien de hecho puede hacerlo: los hombres –cada cual para sí, y los poderosos para la colectividad- son la medida de las cosas. Lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, es determinado por el legislador. Sea lo que sea, lo que éste decida será lo que “está bien”. En suma, los que triunfan por su elocuencia y su sagacidad son los que imponen su manera de ver la vida. Los que fracasan en el empeño quedan de este modo marginados y a su merced.

Atenas se ha convertido en una palestra de ganadores. Lo malo es que ya no es un pueblo, al menos del modo como los griegos habían entendido la polis hasta ese momento, como un ámbito de convivencia que brinda criterios, valores, identidad y acogida a los ciudadanos.

Escepticismo, relativismo y nihilismo práctico son lacras profundamente impresas en la vida pública y privada de Atenas cuando Sócrates, un ciudadano más bien modesto que vive de su trabajo de alfarero, aparece en la vida pública. No predica, al parecer, doctrina alguna; pero su conversación y sobre todo sus preguntas, ponen en serios aprietos a personajes notables y a sofistas. Ni que decir tiene, su actividad despierta la curiosidad y el entusiasmo de un buen grupo de jóvenes amigos, entre los que se encuentra uno de apenas veinte años al que todos cariñosamente apodan Platón. Pero al mismo tiempo se granjea la animadversión de hombres poderosos que no cejarán hasta conseguir su muerte.

 
Sócrates: “Amigo, ocupémonos del alma”

Si para los sofistas la medida de todas las cosas, de su ser y su no ser, de su valor y su indigencia, es el hombre, no en cuanto tal sino en cuanto capaz de dominación, para Sócrates el verdadero valor de las cosas pasa igualmente a través del ser humano. Pero él no se hace cuestión de lo que el hombre ‘dice’, de lo que ‘hace’, ‘puede’ o ’tiene’, sino de ‘lo que es’ y, en consecuencia, de lo que ‘debe’ hacer. Y de ahí que haga suya, como inspiración permanente de su pensamiento, la máxima de Delfos: “Conócete a ti mismo”. No se considera a sí mismo sabio, sofista, sino filósofo, buscador de la verdad, amante apasionado de la sabiduría y también de su ciudad.

Lo primero que llama la atención en la antropología de Sócrates es su interioridad. Así, podemos leer en la Apología escrita por Platón: “Toda mi preocupación se reduce a moverme por ahí, persuadiendo a jóvenes y viejos de que no se preocupen tanto ni en primer término por su cuerpo y por su fortuna como por la perfección de su alma”.[9] Lo radical en el ser humano está en su interior, en lo que Sócrates llama su alma, ese núcleo íntimo que define la identidad de cada hombre o mujer y que es fuente de su actuación moral. No es que el cuerpo sea ajeno al hombre, sino que debe subordinarse en todo momento a lo que en el ser humano hay de más noble, el alma, que es inmortal y cercano a la divinidad.

Cada hombre, buscando en su interior, en su alma, encontrará la pauta de su conducta moral, tanto para su vida privada como para la vida pública, y que es superior a él mismo y a sus deseos e intereses. Pues no hay en el hombre dos vidas o identidades. “La cultura en sentido socrático, afirma Jaeger, se convierte en la aspiración a una ordenación filosófica de la vida que se propone como meta cumplir el destino espiritual y moral del hombre.”[10] Por eso, la verdadera educación no consiste en adiestrar al hombre en el manejo de ciertas habilidades retóricas o sociales, sino en el cuidado del alma, es decir, en ponerla en condiciones de alcanzar el conocimiento de la verdad y del bien, y en el ejercicio de una vida conforme a la virtud. Para un hombre que vive así, el conocimiento de la verdad, es decir, la ciencia (episteme), vendría a ser un ámbito de saber no sujeto a los intereses, a las circunstancias o las variables opiniones, sino dotado de consistencia y objetividad, al alcance de cualquiera, poderoso o no, que busque el conocimiento de sí mismo y en éste, no el temeroso culto a las apariencias, sino el descubrimiento de un modo de ser que reclama fidelidad y que ofrece la norma que ha de seguirse en la vida.

La reforma de la polis, abrigo espiritual del hombre griego, consiste para la mirada socrática en la restauración de un sentido moral interior en el que la verdad y la justicia son para todos por igual, por encima de opiniones e intereses; nunca realizable por la implantación violenta de un poder externo sino por el cultivo de la virtud en el alma de cada ciudadano.

La filosofía, ese camino que busca saber acerca de la esencia y de las causas de las cosas, presenta en Sócrates una dimensión de ultimidad. Es el esfuerzo de la razón y del amor para trascender el estrecho ámbito de los intereses inmediatos, y para conocer los fundamentos y el sentido último de la vida. Ningún sofista podría afirmar como él ante sus jueces: “Atenienses, os respeto y os amo; pero obedeceré a Dios antes que a vosotros y, mientras yo viva no dejaré de filosofar, (...) diciendo a cada uno de vosotros cuando os encuentre: Amigo, ¿cómo no te avergüenzas de no haber pensado más que en amontonar riquezas, en adquirir crédito y honores, en despreciar los tesoros de la verdad y de la sabiduría, y de no trabajar para hacer tu alma tan buena como pueda serlo?”[11]

Frente a la usurpación realizada por una presunta forma de sabiduría, reducida por la retórica sofística a ser instrumento al servicio del interés y del poder a ultranza, Sócrates representa la búsqueda sistemática de la verdad como una forma de vivir, la filosofía; ésta se hace camino hacia el interior del ser humano y hacia su conciencia moral, abierta a la realidad misma de las cosas, de la que todos los hombres deben y pueden aprender.



[1] Werner JAEGER. Paideia: los ideales de la cultura griega. México, 1971, pág. 272.


[2] DIÓGENES LAERCIO, IX, 51. DIELS, B 4.


[3] DIELS, 88 B 25.


[4] DIELS, 80 B I.


[5] Platón responderá taxativamente a Protágoras: “La medida de todas las cosas es Dios.” (Leyes, 716 C). Esta es en definitiva, a nuestro juicio, la única batalla que desde sus principios conmueve al mundo.


[6] “Nada existe. Aunque existiera no puede conocerse. Aunque fuera conocido no puede comunicarse” (DIELS, 82 B 3. Cfr. SEXTO EMPÍRICO. Adv. Math. 7, 65 y ss).


[7] Elogio de Helena, 8, 14.


[8] WERNER JAEGER. Ob. cit., pág. 513. Para este autor, la retórica, en este contexto, no incluye tras su pantalla deslumbradora “ningún saber objetivo, una filosofía sólida ni una concepción firme de la vida; además, no la anima ningún ethos, sino que sus móviles son la codicia, la voluntad de éxito y la falta de escrúpulos” (Ibídem, pág. 512)


[9] PLATÓN. Apología de Sócrates, 171, 29 e.


[10] WERNER JAEGER, Ob. cit., pág. 450.


[11] PLATÓN. Ob. cit., 169, 29 d-e.

martes 3 de mayo de 2011

"UN BEATO MÁS Y UN DIABLO MENOS"



Ese es uno de los titulares que he leído hoy en una de nuestras cadenas de televisión al dar la noticia de la muerte de Bin Laden.

No puedo menos que pensar sobre ese titular.

Un beato más. Realmente es una alegría encontrarse en este mundo con que hombres de la talla de Juan Pablo II son reconocidos como modelos a seguir y a imitar.

Juan Pablo II ha sobresalido por muchas cosas pero, de forma especial, por su reconocimiento de la dignidad de la vida humana. De toda vida humana. No se me borra de la retina la imagen del Papa polaco visitando en la cárcel a aquel que quiso asesinarle, Ali Agca. Sus palabras y sus gestos de perdón. He ahí el reconocimiento de la dignidad de toda persona, hasta del propio asesino.

Ese gesto de grandeza sobresale de manera especial ante la segunda parte del titular: "Un diablo menos". Aquel locutor que daba la noticia se "congratulaba" de la muerte de aquel "asesino". Pero, ¿es que debemos congratularnos de la muerte de alguien, aunque sea un asesino? He ahí mi pregunta.
Mi perplejidad siguió creciendo al oír a Obama no sólo dando la noticia sino diciendo que se había realizado la "ejecución" de Bin Laden. A estas manifestaciones siguieron las imágenes de las manifestaciones en Estados Unidos celebrando la "ejecución" y la de nuestros políticos apoyando dicha operación.

No puedo menos que contrastar la grandeza de Juan Pablo II y la estrechez de miras de nuestros dirigentes. ¿Dónde queda la dignidad de la persona, de toda persona? ¿Se puede alegrar uno de la muerte de alguien aunque sea un asesino?

Pienso que por ese camino vamos hacia la muerte del hombre, hacia los nuevos totalitarismos donde reina la hipocresía de hablar de Democracia, Libertad y Derechos Humanos cuando no se lucha por ellos y no se levanta la voz ante cualquier asesinato, aunque sea el de mi asesino. ¡Aunque sea el de Bin Laden!


Osama Bin Laden habrás sido un asesino pero ante todo fuiste Persona, un ser único, irrepetible e insustituible. A pesar de ser un asesino no mereciste ser asesinado. Te pido perdón por ello, por lo que de culpa tenga yo en ello. Descansa en paz y que Dios te perdone. ¡Amén!

lunes 11 de abril de 2011

CUANDO LAS PERSONAS NO VALEN NADA




Sí, es Costa de Marfil. Sí, en el mes de abril de 2011. Sí, a las personas se las quema por el mero hecho de ser cristianos o animistas. Sí, por no ser de los suyos. En este caso por no ser musulmanes. Sí, es real, no es ciencia ficción ni una película de cine hiperrealista. Es la pura y cruda, muy cruda, realidad.

Lo que más me impresiona es la pasividad de los que nos hemos erigido en guardianes de los Derechos Humanos y, se supone, que de las personas. He ahí a Francia. La supuesta defensora de los supuestos ideales de la Revolución Francesa. He ahí su apoyo incondicional a los que queman y a su presidente. ¿O es que los ideales de la Revolución Francesa se quedaron en la guillotina? ¿No será esa guillotina el laicismo renovado que estos días se vuelve a postular en el parlamento del vecino país galo?

Son preguntas para las que no tengo respuestas claras. Pero sí sé que toda persona tiene un valor absoluto, una dignidad ontológica que es inviolable y todo aquel que la viola, sin dejar de ser persona, es un genocida; y quien se calla también. Es necesario levantar la voz y defender la dignidad de toda persona humana, también de los que queman a otras. De todos, sin excepción.

Y es necesario estar alerta ante esta ola de laicismo rampante que considera que alguien por el mero hecho de ser cristiano, en lo que coinciden muchos mulsumanes y, aunque no lo digan, todos los laicistas, deja de ser persona. ¡Cuidado con los nuevos totalitarismos, vengan de donde vengan!  Y, sobre todo, con aquellos que, supuestamente demócratas, invocan la libertad, para destruir a las personas que no piensan como ellos.

Nada hay más sagrado que la persona, cada persona y olvidarlo es olvidar lo que somos: Personas. ¿Seguiremos consintiendo lo que las imágenes nos muestran u otras tácticas más sibilinas que mandan al gulag mediático, a la persecución sistemática  y a la creación de corrientes de opinión que busquen la exclusión de la vida pública de los que no piensan como nosotros?

Recordemos a Séneca que pronunció aquella maravillosa frase, sin ser consciente de lo que realmente decía, pero seamos nosotros conscientes de lo que quiere decir: "Homo sacra res homini". ("El hombre es un ser sagrado para el hombre").

¡Amén!

(Y éste, además de plegaria, en honor, recuerdo de aquellos que han sido quemados por el mero hecho de ser cristianos).

martes 1 de febrero de 2011

CUM DOLOR ET SPES

Para Aida




Te hiciste presente en mi vida como compañera. Te vi por los pasillos. Crucé contigo algunas pocas palabras… ¡Y partiste!

La noticia de tu ida me llegó hondo… Y me duele… Me duele tu muerte, tu partida, pero mucho más me duele el haber pasado a tu lado y no haberte conocido, el no haber compartido vida…

Por ello te debo algo tras tu muerte; compartir algo de mi pobre vida contigo. Y no sé otra cosa que hacer que pensar, poco y mal, pero es lo que soy o al menos aspiro a ser… Para ti, y los que te conocen y quieren, estas mis pobres palabras: Cum dolor et spes.

Cum dolor

Hablar de la muerte resulta doloroso. ¿Por qué? Porque la muerte no lo es en tercera persona, la muerte es mi muerte.

La muerte se me da como dolor. Y el dolor no es más que una de las manifestaciones del mal. La muerte es la afectación radical del mal sobre mí y el dolor de la muerte, de los que me rodean, como un preanuncio del mal que me acecha.

Pero dicha muerte, mi muerte, no da la cara. No es patente sino latente. Se me da como misterio, como parte de ese otro misterio al que se ha llamado mysterium iniquitatis y que no es otra cosa que el misterio del mal.

El mal que es mi muerte es misterio y, como todo misterio, apela a mi razón que, humildemente, se acerca a él queriendo arrancarle al menos un poco de su velo.

¿Por qué percibo de forma absolutamente indudable que mi muerte es un mal? Porque no quiero morirme.

¿Y por qué no quiero morirme? Ante esta pregunta se caen las respuestas planas… Si todo fuera tan fácil como que la muerte es el término final, el no querer morirme y la pregunta sobre su porqué no sería planteable.

Sin embargo, me la planteó. ¿Por qué no quiero morirme? Porque me percibo eterno. Sólo desde esta indudable percepción constato mi muerte como mal, como profundo error, como negación…

Mi eternidad y mi muerte. Dos datos irrenunciables pero no contradictorios. Me encuentro ante una paradoja.

¿Paradoja? Sí, una paradoja que me muestra que mi muerte es un mal, pero no puede ser un mal radical sino accidental.

¿Accidental? Sí, si me muriera del todo, no percibiría la muerte como mal, sino que me conformaría con que fuera término; lo cual, como experimento mental, es planteable pero, de hecho, irrealizable.

… et spes

Si estoy en lo cierto, el problema de mi muerte no está en ella, está en mi vida.

Reconocer que soy eterno hace que la muerte suponga una línea divisoria que distinga entre un antes, mi vida ahora, y un después.

Y si hay solución de continuidad entiendo que el ahora y el después están relacionados y la relación soy yo.

Por tanto, el problema soy yo. El problema es lo yo soy y lo que debo ser. Lo que soy y lo que espero. Pero lo que espero depende lo que soy, de lo que hago. Es por lo que se dice que soy un ser moral.

Por ello, quizás tenía razón Sócrates cuando al dirigirse a los jueces que le habían condenado a muerte les exhortaba: “Vosotros también, oh jueces míos, debéis tener buena esperanza ante la muerte y convenceros de una cosa: que no hay mal posible para un hombre de bien, ni durante esta vida, ni después en el reinado de la muerte, y que los dioses jamás descuidan los asuntos de los hombres justos”.

Ese es el problema, no mi muerte sino mi vida. Y he ahí la clave, ser un hombre de bien. Esa es mi esperanza.

Por eso Aida cum dolor pero, ante todo, cum spes.

lunes 1 de noviembre de 2010

HALLOWEEN

Está de moda Halloween. El intento de hacer cómico algo que percibimos como trágico.

El disfraz cómico de lo trágico siempre intenta diluir el aspecto tremendo que presenta todo lo que estimamos como trágico. Pero hete aquí que siempre fracasa.

Lo que intenta ocultar lo trágico bajo la careta de lo cómico amplifica el aspecto trágico y lo tremendo se transforma en tremendísimo.

¿Qué quiero decir? No más que esto. Halloween nos presenta el eterno problema de la muerte, de mi muerte, y ante ella sólo hay dos opciones: la de intentar huir de ella, ridiculizándola –he ahí Halloween- y la de intentar afrontarla. Si la afronto, tengo a su vez dos opciones, la escéptica que nos dice que la muerte es el final - “al final todos calvos y a criar malvas”- y aquella otra que considera que la muerte no puede ser el final ya que sería absurdo.

No quiero hablar de esas soluciones, sólo de Halloween. Halloween es lo políticamente correcto. Pero todos sabemos que lo que pertenece a esa categoría no nos satisface, nos deja huecos. Más aún, Halloween produce el efecto contrario al que pretende, aumenta nuestro temor a la muerte. Y, ¿puede afrontar realmente su muerte el que la teme y, al temerla, la huye? ¿Se puede afrontar la muerte sin representársela de alguna forma, sin pensarla? He ahí la gran cuestión que habría que plantearse.

Te invito a ello, lector amigo y te invito de la mano de las siguientes palabras de Sócrates:

“… temer la muerte, atenienses, no es sino creer que se sabe lo que no se sabe. Nadie conoce la muerte ni sabe si no resultará ser el mejor de todos los bienes para el hombre, pero todos la temen como si supieran muy bien que es el mayor de los males. ¿Cómo no va a ser ésta la ignorancia más vituperable: creer saber lo que no se sabe?” (1).

Éste es Halloween: el terror de querer perseverar en el prejuicio; en la ignorancia consentida, culpable; en lo políticamente correcto. ¿O no? Deberías pensarlo...

NOTA
(1) PLATÓN. Apología de Sócrates, 29 a-b.

viernes 9 de julio de 2010

DIGNIDAD DE LA VIDA HUMANA EN SU ORIGEN Y EN SU FIN

(Con motivo de la entrada en vigor de la reciente ley del aborto, me atrevo a publicar estas pobres líneas que escribí ya hace algún tiempo por si pueden ser luz para alguien en estos duros tiempos en que la dignidad de la persona humana -la tuya, la mía y la de todos- comienza a ponerse en  cuestión).


El título que encabeza, Dignidad de la vida humana en su comienzo y en su fin, puede resultar equívoco y puede dar lugar a una ilusión óptico-moral –utilizando lenguaje de Nietzsche (1) - que nos deje tranquilos porque, aparentemente, estamos defendiendo la vida del ser humano cuando, de hecho, estamos desenfocando la cuestión.

Me explico. Tengo la sensación de que a veces centramos excesivamente la discusión en la cuestión del aborto -que nos lleva a la cuestión capital del inicio de la vida humana- y en la de la eutanasia –que nos pone frente a la cuestiones capitales del sentido del sufrimiento y de la propia muerte- pero descuidamos la, aún más capital, cuestión de la Dignidad de la Vida Humana.

Ahí me gustaría centrarme en lo que sigue. ¿Qué entendemos por dignidad de la vida humana?

1. El término “dignidad”


Lo primero es clarificar el sentido de nuestra palabra. El término “dignidad” se utiliza para indicar que algo tiene valor en sí mismo. Ese valor es absoluto. Es decir, reviste de tal forma a su portador que lo configura como fin en sí mismo. Es fin y no medio. Por eso, la dignidad se reconoce pero no se utiliza. Lo digno es valioso-en-sí pero no valioso-para.

Pero la dignidad puede ser innata o adquirida. Así distinguimos:

1) Dignidad ontológica. Cuando nos referimos al “valor absoluto” que manifiestan ciertos seres por el mero hecho de ser.

2) Dignidad moral. Es el “valor absoluto” adquirido a través del ejercicio moral.

3) Dignidad real. El “valor absoluto” que otorgamos a quienes ocupan ciertos puestos de responsabilidad en la estructura social.

Desde esta distinción podemos establecer una serie de afirmaciones:

1. Hablar de Dignidad Humana es hacerlo de Dignidad ontológica. Es decir, si la vida humana es digna, lo es en razón de lo que es. Es por tanto innata, no adquirida.

2. No debemos confundir Dignidad ontológica con Dignidad moral. La primera es la condición de posibilidad de la segunda. Además, la Dignidad moral no añade nada a nuestro valor absoluto sino a nuestra calidad moral. Nosotros podemos ser mejores o peores personas pero no más o menos personas que cualquier otro ser humano. En consecuencia, el mayor asesino del mundo es tan persona como el mayor santo. “Es mejor ser –como dice el viejo adagio- un Sócrates insatisfecho que un cerdo satisfecho”. Pero ambos tipos morales (Sócrates y el cerdo satisfecho) son igualmente personas.

3. Tampoco debemos incurrir en el error de confundir Dignidad ontológica con Dignidad real. Yo no me hago persona por el trato que me otorgan los demás en razón del puesto que ocupo en el organismo social. La persona nace, no se hace. Afirmar que Dignidad real es sinónimo de Dignidad humana, como hace por ejemplo Peter Singer y la Bioética Utilitarista es una petición de principio porque si la condición de persona es algo que se otorga quien lo otorgue tiene que considerarse a sí mismo persona. Pero, ¿en función de qué? ¿De su pertenencia al cuerpo social que le reconoce como tal? ¿Qué es antes, entonces?


2. La Dignidad de la Vida Humana como dato presente en nuestra conciencia (psicológica y moral)


¿Tenemos algún dato que nos lleve a afirmar que nuestra dignidad es ontológica, es decir, que por el mero hecho de ser miembros de la especie humana tenemos valor absoluto, somos fines y no medios?

Quizás el primer dato que se nos muestre esté en nuestra propia conciencia psicológica. El ser humano es un ser autoconsciente. Se sabe a sí mismo. ¿Y qué sabe de sí?

Desde luego que es un ser vivo. Pero no estoy hablando de mera biología. Esa es una de las grandes mentiras a las que el cientificismo imperante nos ha condenado tras la aceptación de la maldita “reducción galileana” (2) . Galileo redujo todo a lo puramente matematizable, medible, cuantificable. Y, desde ahí, la Modernidad cayó en el craso error de matematizar todo, hasta la vida. ¿Qué es un sistema vivo? Un sistema autorregulado, homeostático. ¿Y cómo saber del equilibrio del sistema? Mediante análisis de las proporciones de las sustancias que debe tener en su sangre. Y, ¿qué es tal análisis sino un mero proceso matemático?

Y yo pregunto, ¿es eso lo que se nos da en nuestra autoconciencia? Parece que no. Nos percibimos a nosotros mismos como Vivientes (3) . Como seres que tenemos Vida –no sólo biológica- sino una Vida peculiar que se nos muestra como única, irrepetible e insustituible. Todos nos sabemos así. Todos sabemos que nuestra Vida es vida no sólo biológica sino biográfica (4) , personal, vida personal.

Además, si atendemos a nuestra conciencia moral (5) –que se nos da por más que intentemos negarla-, podemos encontrar algún que otro dato más acerca de la naturaleza de nuestro ser personal:

a. Imaginemos que hay un atentado. A consecuencia de ello se desencadena una revuelta popular que, presumiblemente, traerá como consecuencia algún que otro muerto. La forma de evitarla sería atrapar al terrorista lo antes posible. El problema es que no sabemos quien ha sido. ¿Sería moralmente lícito buscar un “chivo expiatorio” a quien cargarle el atentado? ¿Conviene que un inocente muera para evitar un desastre mayor? ¿Deberíamos actuar así? Nuestra conciencia responde que podríamos hacerlo pero que no es moralmente aceptable.

¿Qué es lo que se nos muestra aquí? No otra cosa que no es moralmente aceptable porque las personas son fines en sí mismos y nunca meros medios instrumentales. Es decir, una persona no es una cosa. (Exactamente lo mismo que se nos da cuando analizamos el caso de la prostitución o de las relaciones sexuales ocasionales –tan a la moda hoy día- . La prostituta se degrada a sí misma porque acepta ser reducida a mero medio a cambio de una gratificación económica. Aquellos dos que mantienen relaciones sexuales ocasionales aceptan mutuamente –lo que no les confiere menor degradación- ser reducidos a meros medios en favor de la obtención de un placer). Recordemos: lo que se nos da con claridad meridiana es que persona y cosa no son comparables. Entre ambos hay un salto cualitativo.

b. Pero, además, el caso del chivo expiatorio nos presenta algo más. Las personas somos totalidades, macrocosmos, no meros casos de una especie ni tampoco partes de un todo. Existimos en razón de nosotros mismos y no en razón de una totalidad superior llamada especie humana, sociedad o cosmos. Cualquier intento de utilizar a una persona, aunque sólo sea una, en favor de la especie o del cuerpo social supone la negación de la persona y es un atentado contra la dignidad de toda persona.

Que cada persona es una unitotalidad y que, por tanto, el valor de cada una de ellas es inconmensurable (es decir, no valen más las vidas de dos personas que la de una, ni de la de tres, ni la de un millón...) es algo que defendieron nítidamente los primeros pensadores cristianos frente al pensamiento griego que sostenía que cada miembro de la especie humana es parte de un orden mayor, el del Cosmos.

Por eso escribía Gregorio de Nisa: “Filósofos paganos han imaginado cosas miserables e indignas de la magnificencia del hombre en un intento de ennoblecer el momento humano; en efecto, han dicho que el hombre es un microcosmos compuesto de los mismos elementos del todo y con este esplendor del nombre han querido hacer el elogio de la naturaleza, olvidando que de este modo otorgaban al hombre características semejantes a las del mosquito y el ratón (…) ¿Qué grandeza tiene, pues, el hombre, si lo consideramos imagen y semejanza del cosmos?” (6).

Otro capadocio, Gregorio Nacianceno, responde a la pregunta: “El hombre fue creado como un segundo mundo, un mundo grande en uno pequeño” (7).

Pero hacer esta afirmación –que la persona es incomunicable, en terminología filosófica- no supone negar la realidad relacional del ser humano. No se puede hablar de persona, sino de personas. Toda persona se nos da referida hacia otra pero no como medio, sino como fin. De ahí que la relación amorosa sea el paradigma de toda relación auténticamente personal.

c. Nuestro “chivo expiatorio” nos muestra aún más: que cada persona pertenece a sí misma y no a ninguna otra o lo que es lo mismo “persona est sui iuris et non alterius iuris”. (La persona es sujeto de derechos y no objeto de los mismos. Tiene derechos en razón de sí y no en razón de otro).

3. La incomunicabilidad de la Persona Humana y su Dignidad


De todos los datos que hemos resaltado es urgente prestar atención al segundo de los dados a nuestra conciencia moral: las personas no existen como meros casos sustituibles de una especie ni como meras realizaciones de un tipo ideal sino en razón de sí mismos. Cada persona humana es incomunicable (8).
Es el ser humano un ser curioso. Las cosas pertenecen a una especie siendo meros casos de un conjunto. Casos plenamente repetibles y, por ello, sustituibles. Así, siguiendo la distinción acuñada por Maritain (9), podríamos decir de las cosas que son individuos, meros casos de una especie. (Una cosa es indivisa en razón de que es mera parte de un todo).

Los animales añaden algo más sobre las cosas. Un animal pertenece a su especie a través de una relación genealógica. Para pertenecer a la especie los animales tienen que proceder unos de otros. Hay aquí una cierta diferencia entre cada uno de los especímenes, la diferencia está en que procede de éste y aquél animal y no de otro. Pero esa diferencia se nos da como externa, como extraña al espécimen mismo, no como absolutamente propia de él. (Un animal es indiviso en razón de que procede de otros que a su vez proceden de otros pero en último extremo está remitido a la especie, por eso es un espécimen).

Sin embargo, en la persona humana hay algo más. No aparecemos como individuos ni tampoco como especímenes, aunque con estos últimos tengamos más que ver. Sólo puedo pertenecer a la especie humana siendo yo. Un yo único, irrepetible e insustituible con nombre y apellidos, con rostro concreto. Un yo que aporta una novedad irrepetible a la propia especie. Novedad que, en su unicidad y mismidad irrepetible es un todo absoluto, plenamente indivisible, incomunicable e inefable que en cuanto macrocosmos viviente es apertura hacia los otros macrocosmos que le rodean, igualmente mismos, indivisos e incomunicables pero, del mismo modo, absolutamente trascendentes. Es, por tanto, esa incomunicabilidad que se expresa como absoluta-pertenencia-a-sí-mismo -Selbstgehörigkeit, como apunta Guardini (10)- la que funda la especie. Es, por tanto, al revés del mundo de las cosas y del mundo animal donde la especie se funda desde arriba (o bien desde la realización de la esencia común o bien desde la procedencia genealógica). Aquí no. Es la propia incomunicabilidad personal la que fundamenta la especie. Siendo yo y en mi apertura constitutiva a los otros yoes es como soy miembro de la especie humana. Apertura constitutiva que se debería manifestar no en la mera reunión de individuos -comunidad (11)- sino en la comunión entre los seres humanos. Es pues, la especie humana una especie cuya máxima expresión específica es –y debería ser- la comunión que da un sentido nuevo a las relaciones genealógicas que también se dan en el ser humano y que no son relaciones de progenie sino de maternidad y paternidad. Siendo así que podríamos afirmar sin lugar a dudas, como bien hace Spaemann, que para la condición personal “sólo puede y debe haber un criterio: la pertenencia biológica a la especie humana” (12). (Criterio biológico, que no biologista. Criterio biológico que supera la reducción galileana porque debe ser comprendido desde todo lo dicho hasta aquí).

Se nos da aquí, en la incomunicabilidad, la clara visión de lo que es la dignidad del ser humano. La persona en razón de lo que es nos muestra como esencial a sí su valor absoluto. Es pues, su dignidad, dignidad ontológica y no real. Por eso, toda vida humana es digna, porque toda ella es vida personal. Es decir, no puede haber vida humana sin vida personal. En consecuencia, toda vida humana es digna desde el momento de su aparición hasta el de su muerte porque toda ella es personal siempre.

4. Toda persona lo es, aunque no sea consciente de ello


Quizás, desde nuestro análisis se nos podría intentar argüir que al partir de lo que se nos da, estamos haciendo referencia a la conciencia y que, por tanto, todo lo dicho sólo podría ser predicado de aquellos que tienen conciencia. No así de un recién concebido, un neonato, un disminuido psíquico, un enfermo de Alzheimer en estado muy avanzado o un enfermo en estado de coma. Éstos, en tanto que no son conscientes, no son personas.

Habría aquí en esta objeción un error de entrada. Hablar de lo que se nos da es hablar de lo que se nos presenta ante nuestra conciencia y que hace posible nuestro conocimiento de lo que hay pero no estamos afirmando en ningún caso que el conocimiento funde el ser. Aun cuando nosotros no pudiéramos tener acceso al dato que nos muestra lo que somos seguiríamos siéndolo. Una cosa es el ámbito del ser y otro el del conocer.

Podríamos responder también de otras dos formas ciñéndonos, aunque sea brevemente, a cada uno de los casos expuestos.

Fijémonos en primer lugar en el recién concebido o en el neonato.

Lo que nuestro interlocutor –y detractor- se verá obligado a conceder es que tanto el recién concebido como el neonato son personas potenciales. A saber, que un zigoto o un recién alumbrado podrán, o no, llegar a ser personas.

Pero esto sólo puede querer decir dos cosas:

a. O bien hay una diferencia cuantitativa entre el embrión o el neonato y la persona.

b. O bien la diferencia es cualitativa.

Si la diferencia es cuantitativa, nos encontraríamos con que el ser persona sería una propiedad (accidental) del ser mismo del zigoto o del recién nacido. Eso no querría decir más que dicho ser tendría que ser más que persona (pluspersona, podríamos decir) ya que nada da lo que no tiene. Y si fuera pluspersona sería más que persona por lo que tendría plusdignidad, más que dignidad. Ergo, estarían reconociendo, mal que les pese, la dignidad de la propia Vida Humana desde su origen.

Si la diferencia fuera cualitativa, estaríamos afirmando una clara diferencia entre dos realidades radicalmente distintas. Así el problema de que un embrión o un neonato llegaran a ser personas sería del mismo tipo que si nos planteáramos, por ejemplo, la posibilidad de que un tomate llegara a ser la catedral de Burgos.

¿Cómo podría darse esto?

Desde luego sería lógicamente posible. Pero solo podría ocurrir o bien porque, aunque no seamos conscientes de ello, el embrión o el neonato son ya personas aunque no tengan apariencia de tales o bien porque entre un tercero en acción. Ese tercero tendría que ser persona. Pero o bien estamos hablando de una especie de intervención de un diosecillo caprichoso que realiza tal cosa según su antojo –explicación más que rebuscada y que nuestros detractores no aceptan- o bien caemos en la petición de principio de la que hablábamos más arriba. Si es la sociedad, la madre, la escuela, la aceptación social, la que nos convierte en personas –ser cualitativamente distinto del individuo de la especie humana- ¿cómo han llegado los miembros de la sociedad, la madre, la escuela o los que nos aceptan a ser personas? ¿No estamos suponiendo lo que ya queremos explicar? Por tanto, no explicamos nada. Ergo, parece más lógico reconocer que todo individuo de la especie humana es persona. Es decir, que no hay tal salto cualitativo entre el zigoto o el recién nacido y la persona sino que ambos son personas.

Atendamos ahora a nuestros otros casos: un disminuido psíquico, un enfermo de Alzheimer en estado muy avanzado o un enfermo en estado de coma. ¿Podemos decir que no son personas o bien porque, como el disminuido psíquico, nunca lo han sido o bien porque, como el enfermo de Alzheimer o el que está un prolongado estado de coma, han dejado de serlo?

Quizás el caso paradigmático que nos sirva para intentar resolver el problema sea el primero, el del disminuido psíquico.

¿Cómo consideramos a un disminuido psíquico? La respuesta que todos daríamos es que nos encontramos ante un enfermo. De hecho, a todos nos parece que la ciencia biomédica debería hacer todo lo posible para poder evitar tales casos. Además, en todas las sociedades, hay multitud de programas de acción social que intentan ayudar a tales seres en todos los aspectos posibles.
¿Por qué? Pues evidentemente porque se nos dan como personas. Hablar de un disminuido psíquico no es hacerlo de una especie de animal con un “nicho ecológico” distinto al del ser personal, es hablar de personas con problemas. ¿Por qué lo hacemos así? ¿Por puro “especiesismo” como dirían Singer y sus seguidores? Pero eso sería tonto, ¿qué aporta a la especie humana, a puro nivel de especie, reconocer a tales seres como personas salvo problemas? Sin embargo, todos sentimos compasión ante tales seres y luchamos por ayudarles. ¿Por qué? Pues porque son personas que por el mero hecho de serlo nos llaman a la compasión – a la que sólo pueden llamar las personas- al tiempo que nos enfrentan a esos grandes misterios que son el del sufrimiento y el de la muerte.

5. Conclusión

Después de nuestro recorrido debemos ya concluir: Somos personas, no nos hacemos personas. Somos seres únicos, irrepetibles, insustituibles o unitotalidades o macrocosmos o seres incomunicables o inefables que estamos siempre referidos hacia los otros como personas. Y en eso que mostramos, porque lo somos, brilla nuestro valor absoluto, nuestra dignidad. Y fulgura ahí desde el momento de nuestra concepción y hasta el momento de nuestra muerte. Y he ahí que, en consecuencia, reconocer a un individuo como caso biológico de la especie humana no es reconocerlo como mero espécimen, sino como persona.

Es nuestra misión recordar, por activa y por pasiva, como decía Séneca (13), que el hombre es un ser sagrado para el hombre . Sagrado, en el que reside la dignidad, el valor absoluto de ser persona, portador de un rostro único, irrepetible e insustituible.

Todo miembro de la especie humana ha sido, es y será algo más que animal racional: Persona. Así ha sido, así es y así será. ¡Amén!

NOTAS:


1. NIETZSCHE, F. Crespúsculo de los ídolos. Alianza, Madrid, 1982, p. 50.

2. “La ilusión de Galileo –como de todos los que, tras su estela, consideran la ciencia como un saber absoluto- fue haber considerado el mundo matemático y geométrico, destinado a suministrar un conocimiento unívoco del mundo real, como el mundo real mismo, este mundo que sólo podemos intuir y experimentar en los modos concretos de nuestra vida subjetiva”. HENRY, M. La Barbarie. Caparrós, Madrid, 1996, p. 23.

3. Para acceder a una buena descripción fenomenológica de la Vida es referencia obligada el pensamiento de Michel Henry. Véanse sus libros –editados en español-:Yo soy la verdad, Sígueme, Salamanca, 2001, Encarnación, Sígueme, Salamanca, 2001 y Palabras de Cristo, Sígueme, Salamanca, 2004 .

4. “La vida biológica es el tiempo que se hace en nuestro cuerpo, en el cuerpo animal y vegetal; pero la vida biográfica es el tiempo que nosotros mismos hacemos. La diferencia entre vida biológica y biográfica es que la biológica está hecha, no la hacemos nosotros mismos, mientras que la biográfica nos la hacemos nosotros mismos; es la historia de nuestra vida, mientras que la biológica es lo que la naturaleza hace en nosotros. Así la vida biológica es para la biográfica una cosa, mientras que la biográfica es un yo que hace cosas con las cosas”. GARCÍA MORENTE, M. “De la metafísica de la vida a una teoría general de la cultura” en Obras Completas. Caja de Madrid-Anthropos. Madrid, 1996, II, vol. 1, p. 410. (La cursiva es mía).

5. Vid. CROSBY, J. F. The selfhood of the human person. The Catholic University of America Press, Washington, 1996, pp. 9-40. (Hay una  buena traducción al español que no existía cuando escribí estas páginas: La Interioridad de la Persona Humana. Encuentro. Madrid, 2007).

6. GREGORIO DE NISA. "De hominis opificio", cap. 16 en Patrologia Graeca, 44, 180 A.

7. GREGORIO NACIANCENO. "Oratio" 38, 11 en Patrologia Graeca, 37, 324 A.

8. Para este asunto véase CROSBY, J. F. The selfhood of the human person. The Catholic University of America Press, Washington, 1996, pp. 41-81.

9. Vid. MARITAIN, J. Tres reformadores. Encuentro, Madrid, 2006, pp. 20-30.

10. Vid. GUARDINI, R. Mundo y persona. Guadarrama, 1963, pp. 179-192.

11. “La comunidad y la sociedad son, una y otra, realidades ético-sociales verdaderamente humanas y no sólo biológicas. Pero una comunidad es ante todo obra de la naturaleza y se encuentra más estrechamente ligada al orden biológico (…) En una comunidad el objeto es un hecho que precede a las determinaciones de la inteligencia y de la voluntad humanas y que actúa independientemente de ellas para crear una psiquis común inconsciente, estructuras psicológicas y sentimientos comunes, costumbres comunes (…) Los grupos regionales, étnicos y lingüísticos y las clases sociales son comunidades (…) La comunidad es un producto del instinto y de la herencia en unas circunstancias y en un marco histórico dados (…) En la comunidad las relaciones sociales proceden de situaciones y medios históricos dados; los modos típicos de sentimientos colectivos –o la psiquis colectiva inconsciente- tienen preferencia respecto a la conciencia personal, y el hombre aparece como un producto del grupo social”. MARITAIN, J. El hombre y el Estado. Encuentro, Madrid, 1983, p. 16-18.

12. SPAEMANN, R. Personas. EUNSA, Pamplona, 2000, p. 236. (La cursiva es mía).

13. “Homo, sacra res hominiSÉNECA. Cartas morales a Lucilio, Epístola XCV. Orbis. Barcelona, 1984, vol. 2, p. 97.